Anagnórisis

La catástrofe es el desenlace. El final, el culmen de lo efímero. El golpe dramático de la tragedia que acaba antes de que el vidente decida si ratifica su desarrollo. Lo breve me provoca desasosiego; lo vulgar simple y llana pereza. Todo lo que me rodea se me antoja disfrazado de permanencia hipócrita, con la finitud agazapada esperando para asestar su golpe. Las pasiones son falaces y las ilusiones volátiles. Las personas. Ah, las personas. Son caprichosas, esclavas de sus impulsos. Caminan desviándose cíclicamente tras un breve tramo, tan dejados de su libre albedrío que se sorprenden a cada giro como si este no fuese elegido y casi planificado. Las personas son voraces, consumen su combustible con el ímpetu de una mecha y cuando se quedan sin nada se desinflan de manera inevitable. Son seres tristes que se arrastran por el fango de sus delirios esperando que alguien venga a rescatarles pero incapaces de estirar sus manos moribundas suplicando ayuda. Las personas tratan de inefables emociones pasajeras, escogiendo la retroactividad por encima de la clarividencia; adormecen sus percepciones para encorsetarse  en roles que merecen desprecio. Incorporan directrices sustentadas en irrealidades, morales, normas, sociedades y certezas. No somos, nos hacen y vivimos creyendo que nos hacemos. 

La catástrofe es el epílogo. El final de la mentira.

 

– me siento tan atrapada en mi misma como una serpiente reptando por las paredes de un ataúd-

Comprender al otro pasa por no sentir miedo o vergüenza, sino entregarse sin poner barreras de ninguna clase.

Querida M. Te sorprenderá saber que a veces el silencio, más que un escondite, es una muestra de conmiseración. A veces, sí: el vencedor tiene que lidiar otra batalla tras alcanzar el podio. La de salir indemne ante el estropicio lacrimógeno que tiende a dejar el perdedor a su paso, ese lodazal putrefacto donde flotan sus miserias.

Te cuento esto porque para mí tú eres la perdedora. Aunque te guste jugar a cambiar de rol según tu conveniencia -casi nunca basada en motivos racionales- los que de verdad vivimos la contienda tratando de mantenernos a distancia para evitar el sesgo tenemos muy claro quién será el eterno vencido. Y yo tengo muy claro que aquí solo pierdes tú.

Estuve allí cuando el sufrimiento del que ahora gana era tan inmenso que se le antojaba inabarcable. Estuve siendo piedra cuando todas las promesas que ya no te seducían se tornaron borrosas. Ejercí de barrera ante tus maldades, buscando suavizar siempre tus defectos para hacerte ver inocua. Fui paciente, comprensiva; en definitiva: estuve allí cuando tú no estuviste. Cuando te necesitaban.

Querida M, es preciso explicarte que no se puede culpar al ajeno de que no te cuente algo cuando tú no quieres escuchar. Cuando no ves más allá de tu ego maltrecho. También, que es muy triste exigir pleitesía tras dar la estocada mortal. Que no puedes gobernar aquello que no te pertenece. Y nunca lo hizo.

Por último debo decirte que estuviste equivocada todo este tiempo y aún lo estás. Hay relaciones que no se sustentan en la lucha de poder, son libres e infinitamente más preciosas que las impostadas por tejemanejes egoicos. La lealtad, como tantas otras cosas, no necesita batallas para emerger; pero hace que sus poseedores salgan fortalecidos de ellas.

Te agradezco todo lo que diste. Sea mucho o poco -y esto es algo que no me compete a mi juzgar- fue lo suficiente para dejar huella, que era lo que tú querías. Quédate tranquila. Ahora ya no tienes poder para nada más. Exorcizarte lanzando tus demonios a aquel que tanto te quiso podría ser contraproducente; quizá en algún momento vuelvan.

Hasta siempre, querida M. Espero que no vuelvas nunca más.

Es mi derrota más deportiva

Estoy bien. Qué banales suenan esas palabras con todo lo que han conllevado, cuánto significado en pocas sílabas; cuánto camino recorrido hasta poder empezar sin elaborada prosa: estoy bien.

Que esté bien significa muchas cosas. Significa que puedo tener pesadillas intensas y realistas en las que vuelves y no despertarme llorando hecha un ovillo; se acabó el dolor en el pecho, la angustia que se prolonga durante horas y, sobre todo, la caída libre en el momento del despertar: ese en el que me doy cuenta de que todo ha sido un sueño y no va a pasar jamás.

Aunque el anhelo subconsciente es inevitable, he conseguido ahuyentar la tristeza. No obviándola como hasta ahora; enfrentándola y siendo fuerte. Y ahora estoy bien. Puedo volver a escuchar tu nombre sin que algo me impulse a girar la cabeza. Puedo leerte, ver tu vida, saber de ti sin sentir nada. Puedo escuchar canciones que me recuerdan cosas, pensar en sitios, sentir el frío.

Puedo hablar. Ahora incluso puedo hablar de todo lo que ha significado para mi. No creo que vuelva a hablar de lo bueno, pero podría hablar de lo malo si quisiese. La paradoja es que ahora que puedo, no lo necesito. No siento ya necesidad de defenderme; aquellos que dolían ya no importan. Tampoco importa que tú no hayas hecho otra cosa en todo este tiempo; a pesar de todo comprendo tu dolor.

Lo que más me ha costado curarme ha sido la decepción. La decepción succiona, arrastra una y otra vez al pozo de las expectativas, machaca el orgullo e insulta a la inteligencia. Y yo estaba muy decepcionada. Que no te quieran siempre decepciona, aún más que no te hayan querido más que de forma pasajera e instrumental -igual que hiciste antes y sigues haciendo ahora- cuando yo he dado lo mejor que tenía; mi amor más puro y sincero, mis ganas y mi libre albedrío. Y sabes que no tengo mucho de eso como para haberlo malgastado de esta forma.

Lo segundo que más me ha costado ha sido dejar de quererte. El amor de verdad no se cura ni con el dolor ni con la superposición de sentimientos. Es algo que aprendí hace tanto que me ha servido para salvarme esta vez. Dejar de quererte no ha sido fácil ni bonito. He tenido que recordar lo que era construirme sola y eliminar la costumbre de necesitarte ha sido tan arduo como extenso. Aún, cuando me siento triste, algo en mi tiende a pensar que tú eres el único que podría comprenderme de verdad aunque ya no necesite que lo hagas. La pérdida ha sido proporcional a la magnificacion de mis sentimientos. Has sido Sol y yo el poeta. Y no ha sido hermosamente trágico como solíamos pensar.

No sé si sería capaz de volver a verte. No por el dolor, ni siquiera por la decepción: más bien por el desengaño. Ahora que te veo como realmente eres -como tú te reflejas al mundo y no como yo te veía- no sé si enamorarme sería la opción correcta. El camino recorrido juntos, el aprendizaje y la estabilidad mental y emocional que me has aportado parecen lo de menos ahora que he conseguido lograrlo sola. Tampoco puedo saber si lo habría conseguido sin tu ayuda; de no haberlo hecho me compensaría el dolor.

Lo único que no puedo elegir es lo que sueño y recuerdo que esta noche te decía: ‘¿para qué seguimos aquí hablando si no nos conocemos?’.

Cronología de una tóxica

No salgo una semana de casa fingiendo que estoy enferma. Lloro mucho al principio, a los días se me pasa. Alguien llama por teléfono y no se lo cojo, para variar. Dejo de ir a clase durante un tiempo, el dinero se va agotando en mi cuenta. Me resisto a pedir favores. Pongo fechas de entregas que nunca se cumplen. Duermo, algunos días, casi diez horas. Engordo un montón de kilos. Finjo vivir muy ocupada. Pienso en la muerte varias veces a diario. Hablo con gente que ahora ya casi no recuerdo. Me llega que uno de ellos dice ‘María siempre aleja a la gente que la quiere’ y no me importa. Hago una elección entre tres opciones, no me hace feliz pero es la más sencilla. Intento empezar a cerrar cabos. Me planteo volver a casa, pero al final no. Recibo un mensaje que no respondo, porque no quiero problemas. Me encierro en mi cuarto. Fumo más de lo que debería y por las mañanas no puedo levantarme. Cambio mi rutina por alguien que no soy yo. Empiezo a creer que nada me importa. Vuelvo a fingir que estoy enferma, creo que estoy enferma de verdad. Intento ir a clase y me siento algo mejor. Encuentro un trabajo. Me hace ilusión. Recorro más de 1000 kilómetros en 24 horas solo para abrazar a alguien que sé que haría lo mismo. Intento crearme una rutina. Me siento incapaz constantemente, pero aprieto los dientes y pienso que solo es el principio. Cambio de móvil y de ordenador porque no soy capaz de borrar todas las fotos. Finalmente me acostumbro, pero empieza lo imposible. Me dicen que está con todas y yo encajo el golpe con los ojos cerrados. Podría hacer lo mismo, pero no me basta. Priorizo. Me encierro durante cinco semanas y reaparezco agotada mentalmente pero triunfadora. He vencido: a ellos y a mí misma. Ya no me queda energía. Me voy de vacaciones consumida, arrastrando las secuelas. Pero siento que he salido del infierno. Regreso y soy incapaz de comer nada. Me paso enferma otra semana, esta vez sí, de verdad. Me aterroriza la pérdida de la comodidad pero la invoco. Me siento débil mentalmente. Durante cinco días lloro por todo. Me emborracho y vuelvo a ponerme enferma. Se emborrachan, me llaman, soy paciente.  Pero en silencio. Tratan de alterarme y lo consiguen: pierdo la compostura. La persona a la que más he querido me da la espalda. Me doy cuenta de que sí que importaba. Me arrastro durante dos días, vomito en el trabajo. Me duermo llorando. Ese mismo día me llaman de madrugada pidiendo socorro. Me encierro en el baño durante dos horas escuchándola hablar. Voy al trabajo sin dormir. Hago limpieza de mi vida y de mi entorno. Borro todo rastro de existencia para olvidar el dolor y lo consigo. Le escribo a alguien a quien debí escribir hace años. Y me perdona. Me siento enfrente de otro alguien sin saber si somos capaces de perdonarnos mutuamente. Aún no me queda claro si lo hacemos. La madre de una de ellas se va de casa. Estoy al otro lado del teléfono y me frustra. Empiezo una mudanza que se me antoja eterna. Trabajo trece días seguidos y al décimo me derrumbo. Me desparramo en el bar y tengo que llamar a alguien para que venga a rescatarme: he bebido tanto que no me veo capaz de llegar a casa. Pero aguanto las lágrimas. Duermo durante 15 horas y falto al cumpleaños de alguien importante; mientras otra persona me soluciona la vida. Al los dos días viene a mi llorando. Me trago mi dolor y me mantengo fuerte como pilar. Vuelve la calma, destierro la pena, me acostumbro. Por eso me desconcierta verme rumbo hacia Madrid de nuevo. Me muerdo los labios durante todo el camino. Estoy en un bar de pueblo a las cuatro de la mañana. Trabajo al día siguiente y no he llamado. Luego estoy en un descampado sentada con tres personas que faltan a un entierro. No pueden enterrar a alguien que no puede estar muerta. Y yo me quedo. Extiendo la mano y aprieto los dedos, no me veo capaz de más. Cada vez más fuerte para obviar el dolor de estar en un sitio en el que no creemos. Yo sí que entierro a dos muertos: uno tangible y otro emocional. Duermo en casa de unos desconocidos. Vuelvo a casa. Salgo del purgatorio. Me siento viva. Me siento en paz.

Dices que te hago daño es que no entiendes que te extraño a mi manera

De las 42 maneras que tenía de expresarlo con palabras no pude escoger la mejor y eso se me ha clavado en mitad de la garganta, impidiéndome tragar durante meses, inflamando y enrojeciendo la zona. Haciéndome sufrir. Mi capacidad de aceptar el dolor como una pena impuesta como consecuencia de mis acciones no hace que la conciencia de su temporalidad me consuele y dentro de la claridad mental que acompaña a la tortura he vislumbrado mucho más de lo que vi en un primer momento, contaminada por las emociones. Ahora tengo un problema. Junto con los flechazos de dolor que arrastran mi ánimo de manera fulminante ha aparecido un nuevo componente en la ecuación que es mi vida desde que decidimos dejar de despejarnos: el rencor.

Pensaba que el silencio, la falta de emoción aparente, mi manera de recular de manera sigilosa y todas aquellas oportunidades que te he dado para salir huyendo sin ataduras serían suficientes para aliviar mi carga. No ha sido suficiente. Nunca lo fue contigo. Una vez más me he sorprendido a mi misma esperando algo más de lo que tú has sabido dar. Engañándome, planteándome hasta que punto esta ausencia autoimpuesta no era una equivocación. Hasta donde me había dejado ir a mi misma perdiéndote a ti. Y este error de planteamiento me ha costado mucho más de lo que te imaginarás nunca.

He descubierto que tú nunca has sabido como me siento. Cómo funcionan mis mecanismos, qué esperaba y qué necesitaba. Cómo podías haberlo solucionado todo. Cuántas oportunidades has tenido. Que nunca me has conocido, que la profundidad del vínculo que había entre nosotros no era más que mi imaginación. Que tu amor ha sido siempre egoísta, que tu manera de no luchar ha sido cobarde: los pequeños pasos que has dado no han sido otra cosa que un bálsamo para calmar tu conciencia, para poder echarme toda la culpa y darte palmaditas en la espalda diciéndote a ti mismo que al menos lo intentaste. Porque necesitas quedar bien hasta contigo mismo. Tristemente asumo que me has querido por inercia. Y me has olvidado por lo mismo.

¿Por qué traté de consolarte como si la culpa hubiera sido mía cuando eras tú el que me había abandonado? ¿Por qué me hiciste sentir como el peor ser del mundo cuando el que me había engañado con falsas expectativas habías sido tú? ¿Cómo he podido permitir que fueses un mártir cuando has hecho de la mediocridad tu zona de confort, tratando de arrastrarme a mi a ella? Me has dejado sola en el peor momento de mi vida, cuando más te necesitaba. Cuando mi energía no ha dado para más y no he tenido fuerza suficiente para tirar de ti y necesitaba que me demostrases lo mismo a la inversa. He sido vulnerable, me he agotado por ti, te he convertido en gran parte de lo que eres ahora. Y a cambio, vacío.

Me has vaciado hasta las metáforas.

 

 

 

El placer ha sido mío pero la suerte ha sido tuya

Somos seres egoístas. La empatía, la entrega y otras cosas que conllevan poner al otro por encima de nosotros mismos es solo desinterés aparente: siempre esperamos algo a cambio. No tiene que ser necesariamente que nos quieran, aunque la mayoría tan solo busca eso. Sentirse apreciado, valorado y dentro de un círculo perfecto de equilibrio emocional.

A veces se da la cosa de que, egoistamente, uno ya no quiere estar más allí. Replega su entrega de manera inconsciente, recula y deja de interesarle lo mostrado. No porque no valore; porque no compensa. Puede ser racional o irracional, el caso es que es una realidad tangible y aquello que antes parecía increíblemente férreo deja de existir.

Cuando eres tú el que se topa con un obstáculo emocional lo suficientemente grande como para no querer treparlo y reculas, a menudo te duele más la culpa que la pérdida. ‘¿Cómo debería haber actuado?’ te preguntas. Y no hay respuesta para ello. Muchas veces el desencanto no tiene explicación. Otras veces sí que la tiene y quizá sea mejor callar las razones para no hacer más daño aún.

Pero quizá no sea mejor. Quizá el ‘no eres tú soy yo’ sea una mentira. Quizá sí que es la otra persona la que tiene la culpa. La que podría haberlo hecho mejor.Haber madurado. No haber estirado toda tu bendita paciencia hasta límites insospechados. Tal vez es esa persona la que ha hecho que cambies la ilusión por el desgaste, las ganas por el tedio, el interés por las excusas.

Cabe la posibilidad de que no haya sabido valorarte como te mereces tú. Cuando algo brilla demasiado deslumbra y si en vez de adecuarnos a la iluminación tratamos de mitigar su luz al final acaba dejando de brillar. Y bueno, ya es demasiado tarde. La gente que vive eternamente con miedo no es capaz de apreciar lo que no entiende. Ni siquiera cuando lo pierde.

He cerrado la puerta silenciosamente, sin ningún portazo.

La tempestad que no pudimos aguantar

He pasado meses nadando en el autoengaño, evitando la decadencia como si esta no estuviera impregnada en cada uno de mis movimientos. Meses rumiando, intentando no apuñalarnos de esta manera, tratando de retrasar lo máximo posible la toma de una de las decisiones más difíciles de mi vida.

No le veo los bordes al dolor igual que tampoco se los he visto nunca a lo que te quería. Si pienso en los dos últimos años todos los recuerdos están impregnados de tu presencia; no puedo visualizar de forma objetiva mis estados de ánimo si no es contigo. Has sido la única cosa que no estaba dispuesta a perder por un tiempo ilimitado, siempre desde la conciencia de que tú te merecías algo mucho mejor que yo y al final eso ha sido el problema: nunca he hecho por ser siquiera una mínima parte de lo que tú necesitabas.

Una vez me dijiste: ojalá pudiera estar dentro de tu cabeza. Ahora desearía eso más que nunca. No creo que más allá del mensaje principal pueda llegar a transmitirte con palabras todo lo que siento: la pureza con la que siempre te he amado, lo brillante que eres, lo que te valoro. Cómo te necesito de manera irracional, como si estuviera ciega. Que esta es la menos egoísta de todas las decisiones que he tomado respecto a nosotros. Que no comprendo en qué fallamos, cuál fue el punto en el que nos derrumbamos en caída libre ni cómo hemos permitido que nos pasara esto.

He agotado toda mi suerte contigo y ahora estoy a punto de agotar toda mi decadencia.No sé si algún día voy a dejar de quererte; lo único que tengo claro es que no habrá nadie como tú porque nadie puede respetarme y completarme de esa forma. Y no lo quería, nunca lo quise pero pasó y ninguno hizo nada por evitarlo; ahora nos toca pagar el precio. Esto es lo único que puedo hacer para impedir que malgastes todo lo bueno que tienes y los mejores años de tu vida en alguien que no sabe hacer más que corromper todo lo que toca.

Ojalá pudiese obligarme a mi misma a ser lo que te mereces en vez de una sombra autodestructiva que no se parece en nada a la persona de la que tú te enamoraste. No sé que voy a hacer sin ti pero es algo que debo aprender por mi misma a ver si así acaso vuelvo a ser la de antes. Me arriesgo a perderte para siempre con tal de salvarnos a los dos del enemigo más peligroso que podíamos haber encontrado: mi cabeza.

Probablemente me arrepienta siempre de haber soltado el único cabo que me ataba a la cordura pero la única manera de encontrar los límites es dejarte ir. Gracias por protegerme todos estos años y cuidarme como no me ha cuidado nadie. Espero que entiendas algún día que esto fue lo mejor que pudo pasar y que me perdones por los meses de silencio, aunque sea un poco. La única manera de que pueda perdonarme yo es viéndote ser feliz.

Heme aquí lejos de todo

Han pasado tres años. Por primera vez, he conocido a alguien que me recuerda a él. Han pasado tres años y todavía sigo recordándolo cuando saco lo peor de mi misma. Me enseñó tantas cosas y las hago tan bien que es maravilloso poder culpar a alguien. Pero él sabía manejar mejor que yo la culpa. Yo nunca supe, todavía no puedo hacerlo bien. No le encuentro el punto divertido a hacerles creer que les quiero porque no sé despreciarlos cuando se convierten en un engorro. Menos mal que le jodí -recuerdo, cuando pienso en los daños colaterales-pero ojalá hubiera sido capaz de disfrutarlo. Tampoco pude. En parte me vino bien, siempre me creí mejor que él y me sirvió para excusarme muchas veces. Ahora tengo miedo. Tres años y la misma sensación de desequilibrio. De verdad que me recuerda mucho a él. Me alegro de que esté tan lejos para no volver a pasar por los portazos y las ganas de arruinarle la vida. Me alegro de que esté tan lejos para que el dolor de estómago sea más llevadero. No puedo evitar enfadarme. Mi manera de que me importe, de que me la sude, de que me ponga nerviosa, de querer tirarme a otros, de que me atraiga irresistiblemente, hace que no tenga claro si quiero follármelo y ser despiadada o dejar que me rompa el corazón. Estoy jodida.

[…]

Me he vuelto a levantar triste. Supongo que lo mejor ya ha pasado y ahora yo soy aquello que he desechado tantas veces. No puedo evitar que la tristeza me distraiga de mi trabajo, trato de entretenerme. De relativizar, de hacer más llevadero el golpe de realidad. Pero es inevitable buscar motivos. Y no los hay, claro que no los hay. En realidad nunca los hay. Al menos que me incumban. No hay explicaciones, esto pasa y ya está. Me da pena, pero más por mi. Es cierto que me recordaba mucho a él. Me hacía focalizarme, sacaba lo mejor de mi. Me obligaba a tener inquietudes. Era adecuado en esta época de desierto emocional. La música también es complicada. Todo contribuye a mi distracción -y a mi tristeza. Ayer fue un mal día. Hoy he empezado resistiéndome pero tarde o temprano me dejaré arrastrar a la desidia. Sin el drama de la literatura, sin banda sonora. Solo el nudo en el pecho, el trabajo, las clases, la pantalla y yo dejándome llevar, a ver dónde aparezco cuando acabe de zarandearme la corriente.

You make me happy when sky is gray 

No one like us 

Hace un tiempo mi madre me dijo ‘eres incapaz de acabar las relaciones sin conflicto’ y me lo tomé como una afrenta. Ahora que, trabajando en ello, he tratado de obviar el enfrentamiento y centrarme en la disolución, comprendo que el conflicto es el precio a pagar para no arrastrar este dolor durante tanto tiempo. 

Hay veces en la vida que tienes la suerte de encontrar a alguien que sabe ver. Que encaja, que comprende y que es capaz de leer entre líneas. Si encuentras a ese alguien, es posible que la complejidad de la vida y de las relaciones humanas deje de parecerte tan inabordable. Cuando tienes con quien analizarlo, las cosas encajan tan limpiamente que lo demás -los demás- interactúan contigo en otra frecuencia. En la de estar, pero no entender. En las capas superficiales de tu forma de ver el mundo. Va pasando el tiempo y mientras la realidad se va deformando esa persona permanece inmutable contigo. A menudo necesitas que tire de ti. A menudo, también, necesitas que te tire. Sabe cuándo hacerlo, especialmente cuando lo último que quieres es que lo haga. Estar a ambos lados de una misma conexión es algo tan importante que a veces, el precio de verte reflejada y de que no te guste lo que hay al otro lado (el tuyo) es demasiado alto. Y llega un momento en el que la elección entre los lastres al mundo real y la conexión es inminente. Y se corta.

Al final todo ha sido cuestión de precios. El coste de la libertad, el de no tener ya una historia en común. El de tenerla y que no nos guste. El de no saber aceptar los cambios. El de no querer aceptarlos. El precio del peso de las variables, distinto para cada una. El de querer arder o la nada. El de saber que siempre hay alguien más y que el ego siembre la duda. 

Aunque (a veces) la pena me apriete fuerte las entrañas, es preferible la nada a la mediocridad. Aunque algunas noches me desvele esperando la chispa de comprensión, las ganas de luchar de vuelta, el grito de auxilio por salir de lo anodino. El reconocimiento. Aunque a veces me angustie la falta del clic y me abrume la necesidad de que vuelvas y me encajes, he aprendido a aceptar. A seguir con la pasiva certeza de que la vida sigue avanzando, con o sin. Y a estar bien con ello, al menos la mayor parte del tiempo.

Ojalá algún día queramos volver a arder juntas. Ojalá seamos capaces. Gracias por haber sido el soporte vital de los mejores años de mi existencia.